Permitid que sea sincero; no seré de vuestro agrado, los caballeros sentirán envidia y las damas repulsión. No os agradaré ahora y os agradaré mucho menos a medida que avancemos. Queda dicho. Éste, es mi prólogo, no hay rimas, ni declaraciones de modestia, no contaríais con eso, espero. Y no tengo ningún deseo de agradaros.
(...)
Ahí yace él, al final. El converso de lecho de muerte, el libertino que se hizo pio, no podía avanzar a medias, ¿no es cierto? Si me daban vino lo apuraba hasta el poso y lanzaba la botella vacía contra el mundo. Si me mostraban a Jesucristo en su agonía, me subía a la cruz y le robaba los clavos para mis propias palmas. Y, así me voy, cojeando del mundo, dejando mis babas sobre una biblia. Si miro la cabeza de un alfiler, veo ángeles danzando.
Bueno, ¿os agrado ahora? ¿Os agrado ahora? ¿Os agrado ahora? ¿Os agrado... Ahora?.
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